se sentó sobre la roca.
“Entonces me enojé y maldije, con la maldición del silencio, al río, y a los lirios, y al viento, y al bosque, y al cielo, y al trueno, y a los suspiros de los nenúfares. Y quedaron malditos, y en silencio . Y la luna dejó de tambalearse en su ascenso hacia el cielo—y el trueno se apagó—y el relámpago no centelleó—y las nubes quedaron inmóviles—y las aguas descendieron a su nivel y permanecieron—y los árboles dejaron de mecerse—y los nenúfares no suspiraron más—y no volvió a oírse murmullo alguno entre ellos, ni la sombra de un sonido en todo el vasto e ilimitado desierto. Y miré los caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres eran silencio .
“Y mis ojos cayeron sobre el semblante del hombre, y su semblante estaba demacrado por el terror. Y, apresuradamente, levantó la cabeza de su mano, se irguió sobre la roca y escuchó. Pero no había voz alguna en todo el vasto e ilimitado desierto, y los caracteres sobre la roca eran silencio. Y el hombre se estremeció, apartó el rostro y huyó muy lejos, a toda prisa, de modo que no lo volví a ver”.
Ahora bien, hay bellas historias en los volúmenes de los magos—en los volúmenes melancólicos y encuadernados en hierro de los magos. En ellos, digo, hay gloriosas historias del Cielo, y de la Tierra, y del poderoso mar—y de los genios que dominaban el mar, y la tierra, y el alto cielo. Mucha sabiduría había también en los dichos que pronunciaban las sibilas; y cosas santas, santas cosas fueron escuchadas antiguamente por las hojas oscuras que temblaban alrededor de Dodona—mas, ¡vive Alá!, ¡aquella fábula que el Demonio me contó mientras estaba sentado a mi lado en la sombra de la tumba, la tengo por la más maravillosa de todas! Y cuando el Demonio puso fin a su relato, recostó su cuerpo en el fondo de la cavidad de la tumba y rió. Y yo no pude reír con el Demonio, y él me maldijo porque no pude reír. Y el lince que habita por siempre en la tumba salió de ella, se tendió a los pies del Demonio y lo miró fijamente al rostro.