Para animarte en tus inicios, te concederé una buhardilla; pluma, tinta y papel; un diccionario de rimas y un ejemplar del Tábano. Supongo que difícilmente pedirás algo más.
—Sería un canalla desagradecido si no lo hiciera —repliqué con entusiasmo—. Su generosidad es infinita. Se la devolveré convirtiéndole en el padre de un genio.
Así terminó mi conferencia con el mejor de los hombres, e inmediatamente después de su conclusión, me entregué con celo a mis labores poéticas; pues en ellas, principalmente, fundaba mis esperanzas de elevación definitiva a la silla editorial.
En mis primeros intentos de composición, encontré que las estrofas de «El aceite de Bob» resultaban más bien un obstáculo que otra cosa. Su esplendor me deslumbraba más de lo que me iluminaba. La contemplación de su excelencia tendía, naturalmente, a desalentarme al compararlas con mis propios abortos literarios; de modo que durante mucho tiempo trabajó en vano. Por fin se me metió en la cabeza una de esas ideas exquisitamente originales que de vez en vez impregnan el cerebro de un hombre de genio. Fue esta:—o, más bien, así fue como la llevé a cabo. De entre los desperdicios de un viejo puesto de libros, en un rincón muy apartado de la ciudad, reuní varios volúmenes antiguos y totalmente desconocidos u olvidados. El librero me los vendió por cuatro cuartos. De uno de estos, que pretendía ser una traducción del Infierno de cierto Dante, copié con notable prolijidad un largo pasaje acerca de un hombre llamado Ugolino, que tenía un atado de mocosos. De otro, que contenía un buen número de viejas obras de teatro de alguien cuyo nombre olvido, extraje de la misma manera, y con el mismo cuidado, una gran cantidad de versos sobre «ángeles», «ministros que dicen la gracia», «duendes condenados» y más cosas por el estilo. De un tercero, que era la composición de algún ciego, ya fuera griego o choctaw—no puedo tomarme la molestia de recordar exactamente cada nadería—,