bien justo enfrente. Hecho esto, esperamos hasta que el palacio va por la mitad de su altura, y entonces le pagamos a algún arquitecto de buen gusto para que nos levante un chucho de barro ornamental, justo contra él; o una pagoda de Nueva Inglaterra o holandiza, o una pocilga, ya sea esquimal, kikapú o hotentote.
Por supuesto que no podemos permitirnos derribar estas estructuras por menos de una prima del quinientos por ciento sobre el coste inicial de nuestra argamasa y yeso. ¿O acaso podemos? Hago la pregunta. Se la hago a hombres de negocios. Sería irracional suponer que podemos. Y, sin embargo, hubo una canalla corporación que me pidió que hiciera exactamente esto—¡exactamente esto! No respondí a su absurdo propósito, por supuesto; pero sentí el deber de ir esa misma noche y embadurnar de negro de humo todo su palacio. Por esto los desrazonables villanos me metieron en la cárcel; y los caballeros del gremio del Engendro Visual no pudieron por menos que cortar toda relación conmigo cuando salí.