Los ojos estaban desprovistos de brillo. No había calor. La pulsación había cesado. Durante tres días el cuerpo se conservó sin enterrar, periodo durante el cual había adquirido una rigidez pétrea. El funeral, en suma, se apresuró debido al rápido avance de lo que se suponía que era la descomposición.
La dama fue depositada en el panteón familiar, el cual, durante tres años sucesivos, permaneció intacto.
Al expirar este plazo se abrió para recibir un sarcófago; —mas, ¡ay!, ¡qué terrible sorpresa aguardaba al esposo, que fue quien abrió personalmente la puerta!
Mientras sus hojas giraban hacia afuera, algún objeto vestido de blanco cayó haciendo ruido dentro de sus brazos. Era el esqueleto de su esposa con su mortaja aún sin deshacer.
Una cuidadosa investigación puso en evidencia que había revivido a los dos días de su sepultura; que sus forcejeos dentro del ataúd habían hecho que este cayera desde una repisa o anaquel al suelo, rompiéndose lo suficiente como para permitirle escapar.
Una lámpara que había sido olvidada accidentalmente, llena de aceite, dentro de la tumba, fue hallada vacía; sin embargo, pudo haberse consumido por evaporación.
En el último de los peldaños que conducían a la pavorosa cámara había un gran fragmento del ataúd, con el cual, al parecer, ella había intentado llamar la atención golpeando la puerta de hierro. Mientras estaba ocupada en esto, probablemente se desmayó, o tal vez murió, de pura y simple terror; y, al caer, su mortaja quedó enredada en unos herrajes que sobresalían en el interior.
Así permaneció, y así se pudrió, erguida.