mientras que el doctor F⸺ se despidió con la promesa de regresar al amanecer. El señor L⸺l y los enfermeros se quedaron.
Dejamos a M. Valdemar completamente tranquilo hasta cerca de las tres de la mañana, hora en que me acerqué a él y lo hallé exactamente en el mismo estado en que se encontraba cuando el Dr. F⸺ se había ido; es decir, yacía en la misma postura; el pulso era imperceptible; la respiración, suave (apenas perceptible, a no ser por la aplicación de un espejo a los labios); los ojos estaban cerrados con naturalidad; y los miembros, tan rígidos y fríos como el mármol. Con todo, el aspecto general ciertamente no era el de la muerte.
Al acercarme al señor Valdemar, hice una especie de amago para lograr que su brazo derecho siguiera al mío, al tiempo que pasaba este último con suavidad de un lado a otro por encima de su cuerpo.
En tales experimentos con este paciente, nunca antes lo había conseguido del todo, y ciertamente tenía pocas esperanzas de conseguirlo ahora; pero, para mi asombro, su brazo siguió con mucha facilidad, aunque con debilidad, cada dirección que le imbuí con el mío.
Me decidí a aventurar unas pocas palabras de conversación.
—¿M. Valdemar —le dije—, está usted dormido?
No respondió, pero percibí un temblor en los labios y me vi impulsado así a repetir la pregunta, una y otra vez. A la tercera repetición, todo su cuerpo se agitó con un leve estremecimiento; los párpados se abrieron lo suficiente como para dejar ver una línea blanca del globo ocular; los labios se movieron con pesadez y, de entre ellos, en un susurro apenas audible, salieron las palabras:
“Sí;—dormido ya. ¡No me despiertes!—¡déjame morir así!”
Aquí palpé las extremidades y las hallé tan rígidas como antes. El brazo derecho, al igual que antes, obedeció la dirección de mi mano. Volví a