Por la absoluta simplicidad, por la desnudez de sus diseños, atraía e imponía respeto a la atención. Si algún mortal pintó una idea, ese mortal fue Roderick Usher. Al menos para mí, en las circunstancias que entonces me rodeaban, surgió de las puras abstracciones que el hipocondríaco se ingeniaba para arrojar sobre su lienzo una intensidad de terror intolerable, cuya sombra jamás sentí al contemplar las ensoñaciones, ciertamente ardientes pero demasiado concretas, de Fuseli.
Una de las fantasmagóricas concepciones de mi amigo, que no participaba tan rígidamente del espíritu de abstracción, puede esbozarse, aunque débilmente, con palabras.
Un pequeño cuadro presentaba el interior de una bóveda o túnel inmensamente largo y rectangular, de paredes bajas, lisas, blancas y sin interrupción ni ornamentación. Ciertos elementos accesorios del diseño servían admirablemente para transmitir la idea de que esta excavación se hallaba a una profundidad extrema bajo la superficie de la tierra.
No se observaba ninguna salida en ninguna parte de su vasta extensión, ni se distinguía antorcha u otra fuente artificial de luz; sin embargo, un torrente de rayos intensos lo inundaba todo y bañaba el conjunto en un resplandor espantoso e inadecuado.
Acabo de hablar de esa condición mórbida del nervio auditivo que hacía intolerable toda música para el enfermo, con excepción de ciertos efectos de los instrumentos de cuerda. Fue, tal vez, el estrecho margen a que así se limitaba con la guitarra lo que dio origen, en gran medida, al carácter fantástico de su ejecución. Pero la ferviente facilidad de sus improvisaciones no podía explicarse de ese modo. Debían ser, y eran, tanto en las notas como en las palabras de sus silvestres fantasías (pues no pocas veces se acompañaba con