pasar un solo día sin pasarse tres o cuatro veces para ver cómo le iban las cosas a su vecino, y muy a menudo se quedaba a desayunar o a merendar, y casi siempre a cenar, y en cuanto a la cantidad de vino que se tragaban los dos amigotes en una sola sentada, la verdad es que sería difícil de averiguar. La bebida favorita del «viejo Charley» era el Château Margaux, y parecía regocijarle el corazón al señor Shuttleworthy ver al viejo tragárselo, como lo hacía, cuartillo tras cuartillo; de modo que, un día, al calor del vino y del ingenio que, por consiguiente, andaba algo escaso, le dijo a su amigote, dándole una palmada en la espalda: —Te diré una cosa, «viejo Charley», eres, con mucho, el viejo más cordialmente entrañable con el que me he topado en toda mi vida, y ya que te gusta empinar el codo de esa manera, que me condene si no te hago un regalo de una gran caja de Château Margaux. Válgame Dios —(el señor Shuttleworthy tenía la mala costumbre de maldecir, aunque rara vez pasaba de «Válgame Dios», o «Por Dios bendito», o «Por vida de mi madre»),— «Válgame Dios», dijo, «si no mando un pedido a la ciudad esta misma tarde para pedir una caja doble de lo mejor que se pueda conseguir, y te voy a hacer un regalo de ella, ¡te lo juro! —no hace falta que digas ni una palabra ahora—, ¡lo haré, te lo digo yo, y se acabó!; así que espérala, ¡te llegará uno de estos hermosos días, justo cuando menos lo estés esperando!». Menciono este pequeño rasgo de generosidad por parte del señor Shuttleworthy tan solo para mostrarles cuán estrecha era la confianza que existía entre los dos amigos.
Bien, en la mañana del domingo en cuestión, cuando llegó a comprenderse claramente que al señor Shuttleworthy le había ocurrido una desgracia, nunca vi a nadie tan profundamente afectado como «el viejo Charley Goodfellow». Cuando oyó por primera vez que el caballo había vuelto a casa sin su amo, sin las alforjas de su amo, y todo ensangrentado por un disparo de pistola que había atravesado de parte a parte el pecho del pobre animal sin llegar a matarlo del todo; cuando oyó todo esto, se puso tan pálido