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nydus/Short FictionPublic
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Los crímenes de la calle Morgue

Al asomarse el marino, el gigantesco animal había tomado a Madame L’Espanaye por los cabellos (que estaban sueltos, pues se los estaba peinando) y blandía la navaja frente a su rostro, imitando los movimientos de un barbero.

La hija yacía postrada e inmóvil; se había desmayado. Los gritos y forcejeos de la anciana (durante los cuales le arrancaron los cabellos de cuajo) tuvieron el efecto de transformar los propósitos probablemente pacíficos del orangután en otros de ira. Con un certero golpe de su brazo musculoso, estuvo a punto de separarle la cabeza del cuerpo.

La visión de la sangre encendió su furia hasta llevarla al paroxismo. Rechinando los dientes y echando fuego por los ojos, se abalanzó sobre el cuerpo de la muchacha y clavó sus temibles garras en la garganta de esta, sin soltarla hasta que expiró.

Sus miradas errantes y salvajes cayeron en ese momento sobre la cabecera de la cama, por encima de la cual apenas se divisaba el rostro de su amo, rígido de horror. La furia de la bestia, que sin duda aún tenía presente el temido látigo, se convirtió al instante en miedo. Consciente de haber merecido un castigo, parecía deseosa de ocultar sus sangrientos actos y daba saltos por la habitación en una agonía de agitación nerviosa; derribando y rompiendo los muebles a su paso, y arrastrando el lecho fuera del armazón.

Para concluir, agarró primero el cadáver de la hija y lo metió por la chimenea, tal como fue hallado; luego el de la anciana, al que arrojó de inmediato de cabeza por la ventana.

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