El rostro del marinero enrojeció como si estuviera luchando contra la asfixia. Se puso de pie con un sobresalto y agarró su garrote, pero al momento siguiente volvió a caer en su asiento, temblando violentamente y con el semblante de la muerte misma. No pronunció una sola palabra. Lo compadecí desde el fondo de mi corazón.
—Amigo mío —dijo Dupin, en tono amable—, se está alarmando usted sin necesidad; se lo aseguro. No le haremos ningún tipo de daño. Le doy mi palabra de caballero y de francés de que no es nuestra intención perjudicarle. Sé perfectamente que es usted inocente de las atrocidades de la calle Morgue. No sirve de nada, sin embargo, negar que está usted implicado en ellas hasta cierto punto. Por lo que ya he dicho, debe saber que he tenido medios de información sobre este asunto... medios que jamás habría podido imaginar. Ahora bien, las cosas están así. No ha hecho usted nada que pudiera haber evitado; nada, desde luego, que le haga culpable. Ni siquiera fue culpable de robo, cuando podría haber robado con total impunidad. No tiene nada que ocultar. No tiene ningún motivo para ocultarlo. Por otra parte, está obligado por todos los principios del honor a confesar todo lo que sabe. Hay ahora un hombre inocente en prisión,