Todo esto era apenas más que justicia, pero confieso que era bastante más de lo que había esperado:—reconocí esto, nótese bien, para eterna deshonra de mi país y de la humanidad. No perdí tiempo, sin embargo, en ir a ver al director del Lollipop, y tuve la buena fortuna de hallar a este caballero en su casa. Me saludó con un aire de profundo respeto, sutilmente mezclado con una admiración paternal y condescendiente, provocada en él, sin duda, por mi apariencia de extrema juventud y inexperiencia. Rogándome que tomara asiento, entró de inmediato en materia respecto a mi poema;—pero el pudor siempre me prohibirá repetir los mil cumplidos que prodigó sobre mí. Los elogios del señor Crab (tal era el nombre del director) no eran, con todo, empalagosa o indiscriminadamente halagadores. Analizó mi composición con gran soltura y notable talento—sin vacilar en señalar unos cuantos defectos triviales—, circunstancia que lo encumbró notablemente en mi estima. El Tábano fue, por supuesto, sacado a colación, y espero no verme sometido jamás a una crítica tan incisiva, ni a unos reproches tan fulminantes, como los que el señor Crab prodigó a aquella desdichada efusión. Yo había estado acostumbrado a considerar al director del Tábano como a un ser sobrehumano; pero el señor Crab no tardó en disiparme esa idea. Expuso bajo su verdadera luz tanto la catadura literaria como la personal del Tábano (así bautizó con sátira el señor C. al director rival). Él, el Tábano, era poco menos que un malandrín. Había escrito cosas infames. Era un escritor a sueldo y un bufón. Era un bellaco. Había compuesto una tragedia que había hecho soltar la carcajada a todo el país, y una farsa que había inundado el universo de lágrimas. Además de todo esto, ¡tuvo la desvergüenza de redactar lo que pretendía ser un pasquín contra él mismo (el señor Crab), y la temeridad de tildarlo de «asno»! Si en algún momento deseaba expresar mi opinión sobre el señor Fry, las páginas del Lollipop, me aseguró el señor Crab, estaban a mi entera disposición.
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La vida literaria de Thingum Bob, Esq.
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