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nydus/Short FictionPublic
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Bon-Bon

comprender. Fue, creo yo, debido a su absoluta evidencia que muchas personas se vieron llevadas a considerarlas abstrusas.

Es a Bon-Bon⁠—pero que esto no salga de aquí⁠—, es a Bon-Bon a quien el propio Kant debe principalmente su metafísica. El primero no era ciertamente platónico, ni estrictamente aristotélico⁠—ni tampoco gastaba, como el moderno Leibniz, esas preciosas horas que podrían emplearse en la invención de un fricasé o, facili gradú, en el análisis de una sensación, en fútiles intentos de reconciliar los tozudos aceites y aguas de la discusión ética. En absoluto. Bon-Bon era jónico⁠—Bon-Bon era asimismo itálico. Razonaba a priori⁠—razonaba también a posteriori. Sus ideas eran innatas⁠—o de otro modo. Creía en Jorge de Trebisonda⁠—creía en Basarión. Bon-Bon era enfáticamente un⁠—Bon-bonista.

He hablado del filósofo en su calidad de restaurador. No quisiera, sin embargo, que ninguno de mis amigos imagine que, al cumplir con sus deberes hereditarios en esa línea, nuestro héroe carecía de una estimación adecuada de su dignidad e importancia. Ni mucho menos. Era imposible decir en qué rama de su profesión se enorgullecía más. En su opinión, las facultades del intelecto guardaban una íntima conexión con las capacidades del estómago. No estoy seguro, en verdad, de que estuviera muy en desacuerdo con los chinos, quienes sostienen que el alma reside en el abdomen. Los griegos, en todo caso, tenían razón, pensaba él, al emplear las mismas palabras para la mente y el diafragma. Con esto no pretendo insinuar una acusación de glotonería, ni en verdad ninguna otra acusación grave en perjuicio del metafísico. Si Pierre Bon-Bon tenía sus debilidades —¿y qué gran hombre no tiene un millar?—, si Pierre Bon-Bon, digo, tenía sus debilidades, estas eran debilidades de muy poca importancia; faltas en verdad que, en otros temperamentos, a menudo han sido vistas más bien a la luz de virtudes. En cuanto a uno de estos puntos débiles, ni siquiera lo habría mencionado en esta historia de no ser por la notable prominencia —el extremo alto relievo— con que sobresalía del plano de su disposición general. Jamás dejaba pasar la oportunidad de hacer un buen negocio.

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