sus palabras.
¿No lo oyes?—sí, lo oyo, y lo he oído. Largo—largo—largo—muchos minutos, muchas horas, muchos días hace que lo oigo—sin embargo, no me atrevía—¡oh, compadécete de mí, miserable criatura que soy!—¡no me atrevía—no me atrevía a hablar! ¡La hemos metido viva en la tumba! ¿No dije que mis sentidos eran agudos? Ahora os digo que oí sus primeros movimientos débiles en el ataúd hueco. Los oí—hace muchos, muchos días—sin embargo, no me atrevía—¡no me atrevía a hablar! Y ahora—esta noche—¡Ethelred—ja! ¡ja!—¡el derribo de la puerta del ermitaño, y el grito de muerte del dragón, y el estrépito del escudo!—decid más bien, ¡el crujido de su ataúd, y el chirrido de los goznes de hierro de su prisión, y sus forcejeos dentro del umbral revestido de cobre de la bóveda! ¡Oh, adónde huiré? ¿No estará aquí dentro de poco? ¿No se apresura a reprocharme mi prisa? ¿No he oído su paso en la escalera? ¿No distingo ese pesado y horrible latido de su corazón? ¡Loco!»—aquí se puso en pie furioso, y gritó sus sílabas, como si en el esfuerzo estuviera entregando su alma—«¡Loco! ¡Os digo que ella ahora está de pie junto a la puerta!»