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nydus/Short FictionPublic
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El entierro prematuro

Miré; y la figura invisible, que aún me asía de la muñeca, había hecho que se abrieran de par en par las tumbas de toda la humanidad; y de cada una emanaba el tenue resplandor fosfórico de la descomposición; de modo que pude ver en los recovecos más íntimos, y contemplar allí los cuerpos mortajados en sus tristes y solemnes sueños junto al gusano.

¡Pero ay! los durmientes reales eran muchos millones menos que aquellos que no dormían en absoluto; y había un forcejeo débil; y había una agitación general y triste; y de lo hondo de los fosos innumerables brotaba un crujido melancólico de los ropajes de los sepultados.

Y de aquellos que parecían reposar tranquilamente, vi que un vasto número había cambiado, en mayor o menor grado, la posición rígida e incómoda en la que originalmente habían sido sepultados. Y la voz me dijo de nuevo mientras contemplaba:

“¿No es —¡oh!, no es un espectáculo penoso?”. Pero, antes de hallar palabras para responder, la figura dejó de sujetar mi muñeca, las luces fosforescentes se extinguieron y las tumbas se cerraron con repentina violencia, mientras de ellas surgía un tumulto de gritos desesperados, repitiendo: “¿No es —¡oh, Dios!; no es un espectáculo muy penoso?”.

Fantasías como estas, que se presentaban por la noche, extendían su terrible influencia hasta bien entrada mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron totalmente destrozados y caí presa de un horror perpetuo. Vacilaba en cabalgar, en caminar o en entregarme a cualquier ejercicio que me alejara de casa. De hecho, ya no me atrevía a confiar en mí mismo fuera de la presencia inmediata de aquellos que conocían mi propensión a la catalepsia, no fuera a ser que, al caer en uno de mis ataques habituales, me enterraran antes de que se pudiera determinar mi verdadero estado.

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