Así parecía, digo, pero no era. Era mi antagonista: era Wilson, que entonces se hallaba ante mí en las agonías de su disolución. Su antifaz y su capa yacían, donde los había arrojado, sobre el suelo. ¡Ni un solo hilo en todas sus vestiduras, ni una sola línea en las marcadas y singulares facciones de su rostro que no fuera, hasta en la más absoluta identidad, la mía propia!
Era Wilson; pero ya no hablaba en un susurro, y bien habría podido imaginar que era yo mismo quien hablaba mientras decía:
—Has vencido, y me rindo. ¡Sin embargo, desde este instante tú también estás muerto—muerto para el Mundo, para el Cielo y para la Esperanza! En mí existías—y, en mi muerte, mira por esta imagen, que es la tuya propia, cuán totalmente te has asesinado a ti mismo.