menos de una hora había cuadruplicado su deuda.
Desde hacía algún tiempo su rostro iba perdiendo el matiz encendido que le prestaba el vino; pero ahora, para mi asombro, advertí que había adquirido una palidez verdaderamente espantosa.
Digo para mi asombro. Mis ávidas averiguaciones me habían presentado a Glendinning como un hombre inmensamente rico; y las sumas que hasta entonces había perdido, aunque cuantiosas en sí mismas, no podían, según yo suponía, inquietarlo muy gravemente, y mucho menos afectarlo de un modo tan violento.
Que el vino recién tragado lo había vencido fue la idea que se presentó más espontáneamente; y, más con el propósito de preservar mi propia reputación ante los ojos de mis compañeros que por un motivo menos interesado, me disponía a exigir, perentoriamente, la interrupción del juego, cuando unas expresiones a mi codo entre los presentes, y una exclamación que denotaba una total desesperación por parte de Glendinning, me dieron a entender que había provocado su total ruina bajo circunstancias que, al convertirlo en objeto de compasión para todos, debían haberlo protegido de las malas artes aun de un demonio.