con el que derramé mi alma entera en lágrimas a los pies de la etérea Ermengarde?—¡Oh, brillante era el serafín Ermengarde! y en ese conocimiento no había espacio para ninguna otra. ¡Oh, divina era el ángel Ermengarde! y al mirar hacia lo hondo de sus ojos evocadores, pensaba solo en ellos—y en ella.
Me casé, y no temí la maldición que había invocado; y su amargura no recayó sobre mí. Y una vez, pero solo una vez más, en el silencio de la noche, entraron por mi celosía los suaves suspiros que me habían abandonado; y tomaron la forma de una voz dulce y familiar, que decía:
“¡Duerme en paz! porque el Espíritu del Amor reina y gobierna, y, al llevar a tu apasionado corazón a aquella que es Ermengarde, estás absuelto, por razones que te serán dadas a conocer en el Cielo, de tus votos a Eleonora”.