tal resultado, asegura todas las ventajas del interés o el diseño, al tiempo que libra a su obra de la dureza o los tecnicismos del arte mundano. En el más agreste de los desiertos, en la más salvaje de las escenas de la naturaleza pura, se hace patente el arte de un creador; sin embargo, este arte solo es patente a la reflexión; en ningún aspecto posee la fuerza obvia de un sentimiento. Supongamos ahora que este sentido del diseño todopoderoso fuera rebajado un grado —llevado a algo parecido a la armonía o la consistencia con el sentido del arte humano— para formar un intermedio entre ambos: imaginemos, por ejemplo, un paisaje cuya vasta extensión y a la vez definición, cuya unida belleza, magnificencia y extrañeza, transmitan la idea de cuidado, cultura o superintendencia por parte de seres superiores, aunque emparentados con la humanidad; entonces se preserva el sentimiento de interés, mientras que el arte implicado adquiere el aire de una naturaleza intermedia o secundaria, una naturaleza que no es Dios, ni una emanación de Dios, pero que aun así es naturaleza en el sentido de la obra de las manos de los ángeles que revolotean entre el hombre y Dios”.
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The Domain of Arnheim
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