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nydus/Short FictionPublic
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El hombre de la multitud

Ce grand malheur, de ne pouvoir être seul.

Bien se dijo de cierto libro alemán que «er lasst sich nicht lesen»⁠—no se deja leer. Hay algunos secretos que no se dejan contar. Los hombres mueren cada noche en sus lechos, apretando las manos de confesores fantasmas y mirándolos lastimeramente a los ojos⁠—mueren con desesperación en el corazón y convulsión en la garganta, a causa de la monstruosidad de misterios que no se permiten ser revelados. De vez en cuando, ay, la conciencia del hombre carga con un peso tan pesado de horror que solo puede ser depositado en la tumba. Y así la esencia de todo crimen queda sin divulgar.

No hace mucho tiempo, hacia el cierre de una tarde otoñal, me encontraba sentado ante el gran ventanal abovedado de la cafetería D⁠⸺, en Londres. Durante algunos meses había estado enfermo, pero ahora ya me convalecía y, con el retorno de las fuerzas, me hallaba en uno de esos estados de ánimo felices que son tan precisamente lo contrario del ennui —estados de la más aguda avidez, cuando la película se aparta de la visión mental⁠— la αχλυϛ ῆ πριν επῆεν ⁠— y el intelecto, electrizado, supera tan enormemente su condición cotidiana como lo hace la lúcida y a la vez sincera razón de Leibniz frente a la loca y endeble retórica de Gorgias.

El mero hecho de respirar era un deleite; y obtuve un placer positivo incluso de muchas de las fuentes legítimas de dolor. Sentía un interés tranquilo pero curioso por todo. Con un cigarro en la boca y un periódico en el regazo, me había estado divistiendo la mayor parte de la tarde, ora examinando detenidamente los anuncios, ora observando a la concurrencia heterogénea de la sala, y ora escudriñando a través de los opacos cristales hacia la calle.

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