5 de abril. —Me devora casi el hastío. Pundit es la única persona con quien se puede conversar a bordo; y él, ¡pobre alma!, no puede hablar de otra cosa que de antigüedades. ¡Se ha pasado el día entero intentando convencerme de que los antiguos amricanos se gobernaban a sí mismos! —¿se oyó jamás semejante absurdo?—, de que existían en una especie de confederación de sálvese quien pueda, al estilo de los «perros de las praderas» de los que leemos en las fábulas. Dice que empezaron con la ocurrencia más estrambótica imaginable, a saber: que todos los hombres
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“Pensaba en esto —continuó el P., interrumpiendo mi meditación—, pensaba en el origen extraordinario de algunas de nuestras leyes más sabias. Por ejemplo, la prohibición del tabaco. ¡Qué absurdo nos parece hoy! Y sin embargo, ¿puedes concebir un disparate mayor que el de nuestros antepasados al fuma
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