—Fuera —dijo el lacayo, que era el propio Talbot.
“¡Fuera!”, repliqué, retrocediendo tambaleándome media docena de pasos; “déjeme decirle, mi buen amigo, que esto es por completo imposible e impracticable; el señor Talbot no está fuera. ¿Qué quiere decir?”.
“Nada, señor; solo que el señor Talbot no está, eso es todo. Salió a caballo hacia S⸺ inmediatamente después de desayunar, y dejó dicho que no volvería al pueblo en una semana”.
Me quedé petrificado de horror y de rabia. Me esforcé por replicar, mas mi lengua se negó a cumplir con su deber. Al fin di media vuelta, lívido de ira, y encomendando en mi interior a toda la estirpe de los Talbot a las regiones más recónditas del Érebo. Era evidente que mi considerado amigo, il fanatico, se había olvidado por completo de su cita conmigo: se había olvidado de ella tan pronto como la había concertado. Jamás había sido un hombre de palabra muy escrupulosa. No había nada que hacer; así que, ahogando mi disgusto lo mejor que pude, caminé taciturno calle arriba, haciendo infructuosas averiguaciones sobre Madame Lalande a cada conocido varón con el que me cruzaba. Por referencias era conocida, según descubrí, por todos —por muchos de vista—, pero llevaba en la ciudad apenas unas semanas y eran muy pocos, por lo tanto, los que podían jactarse de conocerla personalmente. Estos pocos, al ser aún forasteros en comparación, no podían ni querían tomarse la libertad de presentarme mediante la formalidad de una visita matutina. Mientras permanecía así, sumido en la desesperación, conversando con un trío de amigos sobre el tema que acaparaba por completo mi corazón, dio la casualidad de que el tema en cuestión pasó por allí.
—¡Por mi vida, ahí está! —exclamó uno.