imaginarse.
La peculiaridad más emocionante de este incidente, sin embargo, está relacionada con lo que el propio señor S. asevera. Declara que en ningún momento estuvo del todo insensibles —que, de manera sorda y confusa, fue consciente de todo cuanto le sucedió, desde el instante en que sus médicos lo declararon muerto hasta aquel en que cayó desvanecido al suelo del hospital—. «Estoy vivo», fueron las palabras incomprensibles que, al reconocer el lugar de la sala de disección, se había esforzado, en su extremo apuro, por pronunciar.
Fácil sería multiplicar historias de esta índole; pero me abstengo, pues, en verdad, no necesitamos tales pruebas para establecer el hecho de que ocurren enterramientos prematuros. Cuando reflexionamos cuán raramente, dada la naturaleza del caso, tenemos la oportunidad de detectarlos, debemos admitir que ocurren con frecuencia sin que nos enteremos. Rara vez, en verdad, se invade un cementerio con algún fin y en alguna medida considerable, sin que se descubran esqueletos en posturas que sugieren las más aterradoras sospechas.