Vi claramente la perdición que se había preparado para mí, y me felicité por el oportuno accidente con el que había escapado. Otro paso antes de mi caída, y el mundo no me habría visto más.
Y la muerte que acababa de evitar era precisamente de aquella índole que yo había considerado fabulosa y frívola en los relatos referentes a la Inquisición. A las víctimas de su tiranía se les ofrecía la elección entre la muerte con sus más crueles agonías físicas, o la muerte con sus más espantosos horrores morales. A mí se me había reservado esta última.
A causa de mis prolongados sufrimientos, mis nervios se habían relajado hasta el punto de hacerme temblar al sonido de mi propia voz, convirtiéndome en todos los aspectos en un sujeto idóneo para la clase de tortura que me aguardaba.
Temblando en cada miembro, palpé el camino de regreso hacia la pared —decidido a perecer allí antes que arriesgarme a los terrores de los pozos, de los cuales mi imaginación pintaba ahora muchos en varias posiciones por el calabozo. En otras condiciones mentales habría tenido el valor de acabar con mi miseria de inmediato arrojándome a uno de estos abismos; pero ahora era el más cobarde de los hombres. Tampoco podía olvidar lo que había leído acerca de estos fosos: que la repentina extinción de la vida no formaba parte de su plan más horrible.
La agitación de espíritu me mantuvo despierto durante muchas largas horas, pero al fin volví a dormirme. Al despertar, hallé a mi lado, como antes, una hogaza de pan y un cántaro de agua. Una sed ardiente me consumía, y vacié el recipiente de un solo trago. Debía de estar drogado, pues apenas hube bebido, cuando caí en una somnolencia irresistible. Un sueño profundo se apoderó de mí, un sueño semejante al de la muerte. Cuánto duró, por supuesto, no lo sé; pero cuando, una vez más, abrí los ojos, los objetos a mi alrededor eran visibles. Gracias a un fulgor sulfuroso y salvaje, cuyo origen no pude determinar al principio, me fue posible ver la extensión y el aspecto de la prisión.