marineros. El presidente, sin embargo, fue el primero en recuperar la compostura y, al fin, volviéndose hacia Piernas con gran dignidad, recommenzó:
—Muy gustosos complaceremos cualquier curiosidad razonable por parte de tan ilustres huéspedes, por muy improvisados que sean. Sabed, pues, que en estos dominios soy monarca, y aquí gobierno con imperio indiviso bajo el título de «Rey Peste el Primero».
—Este apartamento, que sin duda suponéis profanamente que es la tienda de Will Wimble el funerario—un hombre al que no conocemos, y cuyo plebeyo apelativo jamás antes de esta noche había ultrajado nuestros reales oídos—, este apartamento, digo, es la Cámara del Dais de nuestro Palacio, consagrada a los consejos de nuestro reino y a otros sagrados y elevados propósitos.
“La noble dama que se sienta enfrente es la reina Peste, nuestra Serena Consorte. Los otros personajes ilustres que contempláis son todos de nuestra familia, y llevan las insignias de la sangre real bajo los respectivos títulos de «Su Gracia el archiduque Pest-Iferoso»—«Su Gracia el duque Pest-Ilencial»—«Su Gracia el duque Tem-Peste»— y «Su Alteza Serenísima la archiduquesa Ana-Peste».
«En lo que respecta», continuó él, «a vuestra demanda sobre el asunto por el cual estamos aquí reunidos en consejo, podríamos ser disculpados si respondiéramos que concierne, y concierne exclusivamente, a nuestro propio interés privado y real, y no es de ninguna manera importante para nadie más que para nosotros mismos. Mas, en consideración a aquellos derechos a los que, como huéspedes y forasteros, podáis sentiros con derecho, explicaremos además que nos encontramos aquí esta noche, preparados mediante una profunda investigación y un análisis riguroso, para examinar, analizar y determinar a fondo el espíritu indefinible —las cualidades y la naturaleza