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nydus/Short FictionPublic
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El hombre de negocios

Lo peor de este oficio es que a demasiada gente le da por él, y la competencia es por consiguiente excesiva. Cualquier perfecto ignorante que descubre que no tiene cerebro en cantidad suficiente para abrirse camino como hombre anuncio, o como petimetre repelente, o como salta-y-baja, piensa, por supuesto, que servirá muy bien como barrebarro. Pero jamás se ha abrigado idea más errónea que la de que no se necesita cerebro para barrebarroar. Sobre todo, no hay nada que hacer por este estilo sin método.

Yo mismo solo hacía un negocio al por menor, pero mis viejos hábitos de orden me llevaron viento en popa. Elegí mi cruce de calles, en primer lugar, con gran deliberación, y jamás puse una escoba en ninguna otra parte de la ciudad más que allí. También me cuidé de tener un lindo charquito a mano, al que pudiera recurrir en un minuto. Por estos medios llegué a ser bien conocido como un hombre de confianza; y esto es media batalla, déjenme decirles, en el comercio. Nadie dejó nunca de tirarme una moneda de cobre, y cruzaba por mi paso con un par de pantalones limpios. Y, como mis hábitos comerciales, en este aspecto, se comprendían lo suficiente, nunca me topé con ningún intento de imposición. No lo habría tolerado, de haber sido así. Como yo jamás le imponía nada a nadie, no permitía que nadie me hiciera el tonto.

Los fraudes de los bancos, por supuesto, no pude evitar. Su suspensión me causó perjuicios ruinosos. Estos, sin embargo, no son individuos, sino corporaciones; y las corporaciones, como es bien sabido, no tienen cuerpo al que patear ni alma que condenar.

Estaba ganando dinero en este negocio cuando, en un mal momento, me indujeron a fusionarlo con el de salpicador de perros, una profesión algo análoga, pero que ni con mucho era tan respetable. Mi ubicación, a decir

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