constructividad —así, en suma, con cada órgano, ya fuera que representara una propensión, un sentimiento moral o una facultad del puro intelecto. Y en estas disposiciones de los principia de la acción humana, los spurzheimitas, con razón o sin ella, en parte o en su totalidad, no han hecho sino seguir, en principio, las huellas de sus predecesores; deduciendo y estableciendo todo a partir del destino preconcebido del hombre y sobre el fundamento de los propósitos de su Creador.
Habría sido más prudente, habría sido más seguro, clasificar (si es que hemos de clasificar) sobre la base de lo que el hombre usual u ocasionalmente hacía, y estaba siempre ocasionalmente haciendo, más bien que sobre la base de lo que dábamos por sentado que la Deidad tenía la intención de que hiciera.
Si no podemos comprender a Dios en sus obras visibles, ¿cómo entonces en sus pensamientos inconcebibles, que llaman a las obras a la existencia?
Si no podemos comprenderle en sus criaturas objetivas, ¿cómo entonces en sus estados y fases sustantivas de la creación?
La inducción, a posteriori, habría llevado a la frenología a admitir, como principio innato y primitivo de la acción humana, algo paradójico que podemos llamar perversidad, a falta de un término más característico. En el sentido que pretendo, es, en verdad, un móvil sin motivo, un motivo no motivirt. Por sus instintos obramos sin un objeto comprensible; o, si esto ha de entenderse como una contradicción en los términos, podemos modificar la proposición hasta el punto de decir que, por sus instintos, obramos por la razón de que no deberíamos hacerlo. En teoría, ninguna razón puede ser más irrazonable, pero, de hecho, no hay ninguna más fuerte. Para ciertas mentes, bajo ciertas condiciones, se vuelve absolutamente irresistible. No estoy más seguro de que respiro, que de que la certeza de lo incorrecto o del error de cualquier acción es a menudo la