sus manías, entregándose a uno de sus arrebatos de entusiasmo artístico. Había abierto su caja alargada para regocijar los ojos con el tesoro pictórico que guardaba dentro. No había nada en esto, sin embargo, que pudiera hacerlo sollozar. Repito, por tanto, capricho de mi propia fantasía, alterada por el té verde del buen capitán Hardy. Justo antes del alba, en cada una de las dos noches de que hablo, oí claramente cómo el señor Wyatt volvía a colocar la tapa sobre la caja alargada y forzaba los clavos en sus antiguos lugares con la ayuda del mazo sordo. Hecho esto, salió de su camarote, completamente vestido, y procedió a llamar a la señora W. del suyo.
Llevábamos siete días en el mar y nos encontrábamos ya frente al cabo Hatteras cuando se desató un temporal tremendo del suroeste. Sin embargo, en cierta medida estábamos preparados para él, pues el tiempo llevaba un tiempo lanzando amenazas. Todo quedó bien asegurado, tanto arriba como abajo; y a medida que el viento arreciaba sin cesar, terminamos por ponernos a la capa con lamesquina y el trinquete, ambos con un doble rizo.
En este estado navegamos con bastante seguridad durante cuarenta horas —demostrando el barco ser un excelente marinero en muchos aspectos y sin embarcar agua de consideración—. Al cabo de este tiempo, sin embargo, el vendaval se había avivado hasta convertirse en huracán, y nuestra vela de popa se hizo jirones, dejándonos tan atravesados al seno de las olas que embarcamos varios mares descomunales, uno inmediatamente después de otro. A causa de este accidente perdimos por la borda a tres hombres junto con la cocina, y casi la totalidad de las amuradas de babor. Apenas habíamos vuelto en nosotros, cuando la gavia se hizo jirones, por lo que izamos una vela de mesana de temporal y con ella nos fue bastante bien durante algunas horas, encarando el barco el mar con mucha más estabilidad que antes.
El vendaval aún persistía, sin embargo, y no veíamos señales de que fuera a amainar.