A las seis tenía una cita importante, a la que era absolutamente indispensable que asistiera. La póliza de seguro de mi casa había caducado el día anterior y, habiendo surgido cierta disputa, se había acordado que, a las seis, me reuniría con la junta directiva de la compañía para acordar los términos de una renovación. Echando una ojeada hacia el reloj de la chimenea (pues me sentía demasiado somnoliento para sacar el reloj), tuve el gusto de comprobar que todavía me sobraban veinticinco minutos. Eran las cinco y media; podía caminar tranquilamente hasta la oficina de seguros en cinco minutos; y jamás se había visto que mis habituales siestas excedieran de veinticinco. Me sentía, por tanto, lo suficientemente seguro, y me dispuse de inmediato a conciliar el sueño.
Habiéndolas completado a mi satisfacción, volví a mirar hacia el reloj y estuve a punto de creer en la posibilidad de extraños accidentes cuando descubrí que, en lugar de mis habituales quince o veinte minutos, solo llevaba tres cabezeando; pues aún faltaban veintisiete minutos para la hora fijada. Me dispuse de nuevo a dormir y al fin desperté por segunda vez, cuando, para mi absoluta sorpresa, aún faltaban veintisiete minutos para las seis. Me levanté de un salto para examinar el reloj y descubrí que se había detenido. Mi reloj de pulsera me indicó que eran las siete y media; y, por supuesto, habiendo dormido dos horas, llegaba demasiado tarde a mi cita. > “No importa”, dije: “Puedo pasar por la oficina por la mañana y disculparme; mientras tanto, ¿qué le pasa al reloj?” Al examinarlo descubrí que uno de los cabos de pasa que había estado lanzando por la habitación con un golpe de los dedos durante el