de la tierra adaptada a su estado de beatitud, no como algo existente, sino diseñado. Las perturbaciones fueron los preparativos para su condición mortal concebida ulteriormente.
—Ahora —dijo mi amigo—, lo que consideramos como una exaltación del paisaje quizá lo sea verdaderamente solo respecto al punto de vista moral o humano. Cada alteración del escenario natural posiblemente ocasione un defecto en el cuadro, si podemos suponer este cuadro contemplado en su conjunto —en masa— desde algún punto distante de la superficie terrestre, aunque no más allá de los límites de su atmósfera. Se comprende fácilmente que lo que podría mejorar un detalle minuciosamente examinado, puede al mismo tiempo perjudicar un efecto general o contemplado con mayor distancia. Puede haber una clase de seres, humanos en otro tiempo, pero ahora invisibles para la humanidad, a quienes, desde lejos, nuestro desorden les parezca orden; nuestra falta de pintoresquismo, pintoresca; en una palabra, los ángeles de la tierra, para cuyo escrutinio más especialmente que para el nuestro, y para cuya apreciación de la belleza, refinada por la muerte, Dios haya dispuesto los amplios jardines paisajísticos de los hemisferios.