—Gracias, no —repliqué—; a decir verdad, el ternero a la St. —¿cómo es?— no es de mi particular agrado, pues noto que no me sienta del todo bien. No obstante, cambiaré de plato y probaré un poco de conejo.
Había varios acompañamientos sobre la mesa, que contenían lo que parecía ser el conejo a la francesa corriente; un morceau muy delicioso, que puedo recomendar.
—Pierre —exclamó el anfitrión—, cámbiele el plato a este caballero y sírvale un trozo de este conejo au chat.
—¿Esto qué? —dije yo.
“This rabbit au-chat .”
“Pues, gracias... pensándolo bien, no. Prefiero servirme un poco de jamón”.
No hay quien sepa lo que uno come —pensaba para mis adentros— en las mesas de esta gente de provincia. No probaré su conejo al gato y, puestos a decir, tampoco su gato al conejo.
“Y entonces —dijo un personaje de aspecto cadavérico, cerca del pie de la mesa, retomando el hilo de la conversación donde se había interrumpido—, y entonces, entre otras rarezas, tuvimos un paciente, en una época, que sostenía muy pertinazmente que era un queso de Córdoba, y andaba por ahí, con un cuchillo en la mano, pidiendo a sus amigos que probaran una pequeña rodaja del centro de su pierna”.
—Era un gran necio, sin duda —interpuso alguien—, pero no comparable con cierto individuo que todos conocemos, a excepción de este extraño caballero. Me refiero al hombre que se creía una botella de champaña, y siempre estallaba con un «¡pum!» y un chisporroteo, de esta manera.