colosales de un vasto todo animado y sintiente—un todo cuya forma (la de la esfera) es la más perfecta y más inclusiva de todas; cuyo camino transcurre entre planetas asociados; cuya humilde doncella es la luna, cuyo soberano mediato es el sol; cuya vida es la eternidad, cuyo pensamiento es el de un Dios; cuyo goce es el conocimiento; cuyos destinos se pierden en la inmensidad, cuyo conocimiento de nosotros es afín a nuestro propio conocimiento de los animálculos que infestan el cerebro—un ser al que, en consecuencia, consideramos puramente inanimado y material de la misma manera en que estos animálculos deben considerarnos a nosotros.
Nuestros telescopios y nuestras investigaciones matemáticas nos aseguran por doquier —a pesar de la cantinela de los más ignorantes del sacerdocio— que el espacio, y por tanto el volumen, es una consideración importante a los ojos del Todopoderoso. Los ciclos en los que se mueven las estrellas son los mejor adaptados para la evolución, sin colisión, del mayor número posible de cuerpos. Las formas de esos cuerpos son precisamente tales que, dentro de una superficie dada, incluyen la mayor cantidad posible de materia; —mientras que las superficies mismas están dispuestas de manera que pueden alojar a una población más densa de la que cabría en esas mismas superficies dispuestas de otro modo. Ni constituye tampoco un argumento en contra de que el volumen sea un propósito de Dios el hecho de que el espacio mismo sea infinito; pues puede haber una infinidad de materia para llenarlo. Y puesto que vemos claramente que la dote de vitalidad en la materia es un principio —en verdad, hasta donde alcanzan nuestros juicios, el principio rector en las operaciones de la Divinidad—, resulta apenas lógico imaginarlo limitado a las regiones de lo diminuto, donde lo rastreamos a diario, y no extendido a las de lo augusto. Así como hallamos ciclo dentro de ciclo sin fin —mas todos girando en torno a un centro muy lejano que es la Divinidad—, ¿no podemos suponer por analogía, del mismo modo, vida dentro de vida, la menor dentro de la mayor, y todo dentro del Espíritu Divino? En suma, estamos errando locamente, por orgullo, al creer que el