Si estas percepciones han sido erróneas, entonces nuestra estimación del uso al que se puede destinar un objeto también debe ser errónea, y nuestro intento debe fracasar. Pero si logramos alcanzar nuestro propósito, si descubrimos que el objeto concuerda con nuestra idea de él y responde al fin para el que lo destinamos, entonces eso es prueba positiva de que nuestras percepciones de él y de sus cualidades, hasta ese punto, concuerdan con la realidad exterior a nosotros.
Y siempre que nos encontramos cara a cara con un fracaso, por lo general no tardamos en discernir la causa que nos hizo fracasar; descubrimos que la percepción sobre la cual actuamos era incompleta y superficial, o bien se combinaba con los resultados de otras percepciones de un modo que estas no justificaban—lo que llamamos razonamiento defectuoso.
Mientras nos ocupemos de entrenar y usar nuestros sentidos debidamente, y de mantener nuestra acción dentro de los límites prescritos por percepciones debidamente hechas y debidamente usadas, mientras tanto hallaremos que el resultado de nuestra acción prueba la conformidad de nuestras percepciones con la naturaleza objetiva de las cosas percibidas.
Ni en un solo caso, hasta ahora, nos hemos visto conducidos a la conclusión de que nuestras percepciones sensoriales, científicamente controladas, inducen en nuestras mentes ideas respecto al mundo exterior que sean, por su propia naturaleza, incompatibles con la realidad, o que exista una incompatibilidad inherente entre el mundo exterior y nuestras percepciones sensoriales de este.
Pero entonces vienen los agnosticos neokantianos y dicen: > Podemos percibir correctamente las cualidades de una cosa, pero no podemos, mediante ningún proceso sensible o mental, captar la cosa en sí. Esta "cosa en sí" está más allá de nuestro