Así, bajo una u otra de sus dos formas —el materialismo declarado o el deísmo—, se convirtió en el credo de toda la juventud culta de Francia; a tal punto que, cuando estalló la gran Revolución, la doctrina incubada por los monárquicos ingleses dio una bandera teórica a los republicanos y terroristas franceses, y proporcionó el texto para la Declaración de los Derechos del Hombre.
La gran Revolución francesa fue el tercer levantamiento de la burguesía, pero el primero que se había despojado por completo del manto religioso y que se libró sobre bases políticas sin disimulo; fue también el primero que se libró verdaderamente hasta la destrucción de uno de los combatientes, la aristocracia, y el triunfo completo del otro, la burguesía.
En Inglaterra, la continuidad de las instituciones prerrevolucionarias y posrevolucionarias, y el compromiso entre terratenientes y capitalistas, halló su expresión en la continuidad de los precedentes judiciales y en la conservación religiosa de las formas feudales de la ley.
En Francia, la Revolución constituyó una ruptura total con las tradiciones del pasado; barrió hasta los últimos vestigios del feudalismo y creó en el Code Civil una adaptación magistral del viejo derecho romano —esa expresión casi perfecta de las relaciones jurídicas correspondientes a la etapa económica denominada por Marx la producción de mercancías— a las condiciones capitalistas modernas; tan magistral que este código revolucionario francés todavía sirve de modelo para las reformas del derecho de propiedad en todos los demás países, sin excluir a Inglaterra.
No olvidemos, sin embargo, que si la ley inglesa continúa expresando las relaciones económicas de la sociedad capitalista en ese lenguaje feudal