En este contexto, hay que nombrar a Darwin por encima de todos. Él asestó el golpe más duro a la concepción metafísica de la naturaleza al demostrar que todos los seres orgánicos, plantas, animales y el propio hombre, son los productos de un proceso de evolución que se extiende a lo largo de millones de años. Pero los naturalistas que han aprendido a pensar dialécticamente son contados, y este conflicto entre los resultados de los descubrimientos y los modos de pensar preconcebidos explica la infinita confusión que reina hoy en día en las ciencias naturales teóricas, la desesperación tanto de maestros como de alumnos, de autores y lectores por igual.
Una representación exacta del universo, de su evolución, del desarrollo de la humanidad y del reflejo de esta evolución en las mentes humanas, solo puede obtenerse, por tanto, mediante los métodos de la dialéctica, con su atención constante a las innumerables acciones y reacciones de la vida y de la muerte, de los cambios progresivos o retrógrados.
Y en este espíritu ha trabajado la nueva filosofía alemana. Kant comenzó su carrera convirtiendo el estable sistema solar de Newton y su duración eterna —una vez dado el famoso impulso inicial— en el resultado de un proceso histórico, la formación del sol y de todos los planetas a partir de una masa nebular en rotación. A partir de esto, extrajo al mismo tiempo la conclusión de que, dado este origen del sistema solar, su muerte futura se seguía por necesidad. Medio siglo más tarde, su teoría fue establecida matemáticamente por Laplace, y medio siglo después de eso el espectroscopio probó la existencia en el espacio de tales masas incandescentes de gas en diversas fases de condensación.
Esta nueva filosofía alemana culminó en el sistema hegeliano. En este sistema —y en ello radica su gran mérito—, por primera vez el mundo entero, natural, histórico e intelectual, es representado como un proceso, es decir, como en constante movimiento, cambio, transformación y desarrollo;