entendimiento. A esto respondió Hegel, hace ya tiempo: Si conoces todas las cualidades de una cosa, conoces la cosa misma; no queda nada salvo el hecho de que dicha cosa existe fuera de nosotros; y cuando vuestros sentidos os han enseñado ese hecho, habéis captado el último remanente de la cosa en sí, el célebre e incognoscible Ding an sich de
A lo cual puede añadirse que, en la época de Kant, nuestro conocimiento de los objetos naturales era en verdad tan fragmentario que bien pudo sospechar, detrás de lo poco que sabíamos acerca de cada uno de ellos, una misteriosa «cosa en sí».
Pero una tras otra estas cosas inasibles han sido apresadas, analizadas y, lo que es más, reproducidas por el gigantesco progreso de la ciencia; y lo que podemos producir, ciertamente no podemos considerarlo como incognoscible.
Para la química de la primera mitad de este siglo, las sustancias orgánicas eran objetos tan misteriosos; ahora aprendemos a construirlas una tras otra a partir de sus elementos químicos sin la ayuda de los procesos orgánicos.
Los químicos modernos declaran que tan pronto como se conoce la constitución química de cualquier cuerpo, por insignificante que sea, puede ser construido a partir de sus elementos.
Todavía estamos lejos de conocer la constitución de las sustancias orgánicas superiores, los cuerpos albuminosos; pero no hay razón por la cual no debamos, aunque sea después de siglos, llegar a ese conocimiento y, armados con él, producir albúmina artificial.
Pero si llegamos a eso, al mismo tiempo habremos producido la vida orgánica, pues la vida, desde sus formas más bajas hasta las más altas, no es sino el modo normal de existencia de los cuerpos albuminosos.