Además, paralelamente al auge de la clase media, se produjo el gran renacimiento de la ciencia; la astronomía, la mecánica, la física, la anatomía y la fisiología volvieron a ser cultivadas.
Y la burguesía, para el desarrollo de su producción industrial, necesitaba una ciencia que determinara las propiedades físicas de los objetos naturales y los modos de acción de las fuerzas de la naturaleza.
Pues bien, hasta entonces la ciencia no había sido más que la humilde criada de la Iglesia, no se le había permitido traspasar los límites fijados por la fe y, por esa razón, no había sido ciencia en absoluto.
La ciencia se rebeló contra la Iglesia; la burguesía no podía prescindir de la ciencia y, por tanto, tuvo que unirse a la rebelión.
Lo anterior, si bien toca solo dos de los puntos en los que la creciente clase media estaba destinada a chocar con la religión establecida, bastará para demostrar, primero, que la clase más directamente interesada en la lucha contra las pretensiones de la Iglesia romana era la burguesía; y segundo, que toda lucha contra el feudalismo, en aquella época, tenía que adoptar un disfraz religioso, tenía que dirigirse en primer lugar contra la Iglesia.
Pero si las universidades y los comerciantes de las ciudades lanzaron el grito, este no pudo menos de encontrar, y encontró, un fuerte eco en las masas de la población rural, los campesinos, que en todas partes tenían que luchar por su propia existencia con sus señores feudales, tanto espirituales como temporales.
La larga lucha de la burguesía contra el feudalismo culminó en tres grandes batallas decisivas.
La primera fue la llamada Reforma protestante en Alemania. El grito de guerra lanzado contra la Iglesia por Lutero fue respondido por dos insurrecciones de carácter político: