Y llegó entonces el triunfo de la respetabilidad británica sobre el librepensamiento y la laxitud religiosa de la burguesía continental. Los obreros de Francia y Alemania se habían vuelto rebeldes. Estaban plenamente infectados de socialismo y, por muy buenas razones, no eran en absoluto delicados en cuanto a la legalidad de los medios para asegurar su propia supremacía.
El puer robustus se volvía aquí, día a día, más malitiosus. A la burguesía francesa y alemana no le quedaba como último recurso más que abandonar silenciosamente su librepensamiento, tal como un jovencito, cuando el mareo lo invade, suelta discretamente el cigarro encendido que traía con fanfarronería a bordo; uno a uno, los burlones se volvieron piadosos en su conducta exterior, hablaron con respeto de la Iglesia, de sus dogmas y ritos, e incluso cumplieron con estos últimos en la medida de lo inevitable.
Los burgueses franceses comían maigre los viernes, y los alemanes soportaban largos sermones protestantes en sus bancos los domingos. Habían fracasado con el materialismo.
"Die Religion muss dem Volk erhalten werden" —la religión hay que conservarla para el pueblo—; ese era el único y último medio para salvar a la sociedad de la ruina total.
Para su desgracia, no descubrieron esto hasta que habían hecho todo lo posible por destruir la religión para siempre. Y ahora le tocaba a la burguesía británica burlarse y decir: «¡Vaya, insensatos, os lo habría podido decir hace doscientos años!».
Sin embargo, me temo que ni la placidez religiosa de los británicos, ni la conversión post festum del burgués continental lograrán contener la