La extensión de los mercados no puede mantener el ritmo de la extensión de la producción. La colisión se vuelve inevitable y, como esta no puede producir ninguna solución real mientras no haga añicos el modo capitalista de producción, las colisiones se vuelven periódicas. La producción capitalista ha engendrado otro «círculo vicioso».
De hecho, desde 1825, año en que estalló la primera crisis general, todo el mundo industrial y comercial, la producción y el cambio entre todos los pueblos civilizados y sus adláteres más o menos bárbaros, se desquician aproximadamente una vez cada diez años.
El comercio se halla paralizado, los mercados están repletos, los productos se acumulan, tan multitudinarios como invendibles, el dinero en efectivo desaparece, el crédito se desvanece, las fábricas están cerradas, la masa de los obreros carece de los medios de subsistencia porque ha producido demasiados medios de subsistencia; a la bancarrota sigue la bancarrota, a la ejecución judicial la ejecución judicial.
El estancamiento dura años; las fuerzas productivas y los productos se malgastan y destruyen en masa, hasta que la masa acumulada de mercancías se filtra por fin, más o menos devaluada, hasta que la producción y el cambio comienzan a marchar de nuevo gradualmente.
Poco a poco el ritmo se acelera. Se convierte en trote. El trote industrial se convierte en galope, el galope se transforma a su vez en la carrera desenfrenada de una auténtica steeplechase de la industria, del crédito comercial y de la especulación que finalmente, tras saltos de vértigo, termina donde empezó: en el foso de una crisis. Y así una y otra vez. Desde el año 1825 hemos pasado por esto cinco veces, y en el momento actual (1877) estamos pasando por sexta vez. Y el carácter de estas crisis está tan claramente definido que Fourier las describió todas de golpe al calificar la primera de "crise pléthorique", una crisis por