Tras una serie de oscilaciones, el nuevo centro de gravedad fue por fin alcanzado y se convirtió en un nuevo punto de partida. El gran período de la historia inglesa, conocido por la respetabilidad bajo el nombre de «la Gran Rebelión», y las luchas que le sucedieron, tocaron a su fin con el acontecimiento comparativamente insignificante que los historiadores liberales titularon «la Revolución Gloriosa».
El nuevo punto de partida fue un compromiso entre la burguesía en ascenso y los ex terratenientes feudales. Estos últimos, aunque llamados, como ahora, la aristocracia, llevaban tiempo encaminados a convertirse en lo que Luis Felipe en Francia llegó a ser mucho más tarde: "el primer burgués del reino".
Afortunadamente para Inglaterra, los antiguos barones feudales se habían matado unos a otros durante las Guerras de las Dos Rosas. Sus sucesores, aunque en su mayoría vástagos de las viejas familias, habían quedado tan al margen de la línea directa de descendencia que constituían un cuerpo completamente nuevo, con hábitos y tendencias mucho más burguesas que feudales.
Comprendían perfectamente el valor del dinero y en el acto comenzaron a subir sus rentas expulsando a cientos de pequeños granjeros y sustituyéndolos por ovejas.
Enrique VIII, al dilapidar las tierras de la Iglesia, creó en masa nuevos propietarios burgueses; las innumerables confiscaciones de haciendas, vueltas a conceder a advenedizos absolutos o relativos, y continuadas durante todo el siglo XVII, tuvieron el mismo resultado.
En consecuencia, desde Enrique VII en adelante, la «aristocracia» inglesa, lejos de contrarrestar el desarrollo de la producción industrial, había procurado, por el contrario, beneficiarse indirectamente de ella; y siempre había existido una sección de los grandes terratenientes dispuesta, por razones económicas o políticas, a cooperar con los principales hombres de la burguesía financiera e industrial.