La constitución eclesiástica de Calvino era profundamente democrática y republicana; y si el reino de Dios era republicanizado, ¿podían los reinos de este mundo seguir sujetos a monarcas, obispos y señores? Mientras el luteranismo alemán se convirtió en un instrumento dócil en manos de los príncipes, el calvinismo fundó una república en Holanda y partidos republicanos activos en Inglaterra y, sobre todo, en Escocia.
En el calvinismo, la segunda gran conmoción de la burguesía encontró su doctrina ya cortada y a la medida. Esta conmoción tuvo lugar en Inglaterra. La clase media de las ciudades la provocó, y los yeomen de los distritos rurales la libraron hasta el final.
Curiosamente, en las tres grandes sublevaciones burguesas, el campesinado proporciona el ejército que tiene que librar los combates; y el campesinado es precisamente la clase que, una vez obtenida la victoria, resulta arruinada con más seguridad por las consecuencias económicas de dicha victoria. Cien años después de Cromwell, los yeomen de Inglaterra casi habían desaparecido.
De todos modos, de no haber sido por esos yeomen y por el elemento plebeyo de las ciudades, la burguesía por sí sola nunca habría llevado la cuestión hasta las últimas consecuencias, y jamás habría llevado a Carlos I al cadalso. Para asegurar incluso aquellas conquistas de la burguesía que estaban listas para ser cosechadas en ese momento, la revolución tuvo que ir mucho más lejos, exactamente igual que en 1793 en Francia y en 1848 en Alemania.
Esto parece ser, de hecho, una de las leyes de la evolución de la sociedad burguesa.
Bien, a este exceso de actividad revolucionaria le siguió necesariamente la inevitable reacción que, a su vez, fue más allá del punto en el que se habría podido mantener.