Neveu de Rameau" de Diderot y el "Discours sur l'origine et les fondements de l'inégalité parmi les hommes"* de Rousseau. Damos aquí, brevemente, el carácter esencial de estos dos modos de pensamiento.
Cuando consideramos y reflexionamos sobre la naturaleza en su conjunto, o sobre la historia de la humanidad, o sobre nuestra propia actividad intelectual, vemos ante todo la imagen de un entretejimiento sin fin de relaciones y reacciones, permutaciones y combinaciones, en el que nada permanece lo que, donde y como era, sino que todo se mueve, cambia, surge y perece.
Vemos, por tanto, primeramente la imagen como un todo, con sus partes individuales todavía más o más bien mantenidas en un segundo plano; observamos los movimientos, las transiciones, las conexiones, más que las cosas que se mueven, se combinan y están conectadas.
Esta concepción del mundo primitiva, ingenua, pero intrínsecamente correcta, es la de la filosofía griega antigua, y fue formulada por primera vez con claridad por Heráclito: todo es y no es, porque todo fluye, está en constante cambio, constantemente surge y perece.
Pero esta concepción, por correctamente que exprese el carácter general del cuadro de las apariencias en su conjunto, no basta para explicar los detalles de los que este cuadro está compuesto, y mientras no comprendamos estos, no tendremos una idea clara del cuadro entero.
Para comprender estos detalles debemos desvincularlos de su conexión natural o histórica y examinar cada uno por separado, su naturaleza, causas especiales, efectos, etc. Esta es, primariamente, la tarea de la ciencia natural y de la investigación histórica; ramas de la ciencia que los griegos de la época clásica, con muy buenos fundamentos, relegaron a una posición subordinada, porque antes que nada tenían que acumular materiales sobre los cuales pudieran trabajar estas ciencias.