Primero, la Ley de Reforma fue aprobada, a pesar de toda resistencia, bajo el impulso de la Revolución francesa de 1830. Dio a la burguesía un lugar reconocido y poderoso en el Parlamento.
Luego, la abolición de las Leyes de Cereales, que estableció, de una vez por todas, la supremacía de la burguesía, y especialmente de su sector más activo, los fabricantes, sobre la aristocracia terrateniente.
Esta fue la mayor victoria de la burguesía; fue, sin embargo, también la última que obtuvo en su propio e exclusivo interés. Cualesquiera que fuesen los triunfos que obtuvo más adelante, tuvo que compartirlos con un nuevo poder social, primero su aliado, pero pronto su rival.
La revolución industrial había creado una clase de grandes capitalistas manufactureros, pero también una clase —y mucho más numerosa— de obreros de la manufactura. Esta clase aumentó gradualmente en número, a medida que la revolución industrial se apoderaba de una rama de la manufactura tras otra, y en la misma proporción aumentó su poder. Este poder lo demostró ya en 1824, al obligar a un Parlamento remiso a derogar las leyes que prohibían las asociaciones de trabajadores.
Durante la agitación por la Reforma, los obreros constituyeron el ala radical del partido de la Reforma; habiéndolos excluido la Ley de 1832 del sufragio, formularon sus demandas en la Carta del Pueblo (People's Charter) y se constituyeron, en oposición al gran partido burgués opuesto a las leyes cerealistas (Anti-Corn Law), en un partido independiente, los cartistas (Chartists), el primer partido obrero de los tiempos modernos.
Luego vinieron las revoluciones continentales de febrero y marzo de 1848, en las que los trabajadores desempeñaron un papel tan destacado y, al menos en París, plantearon demandas que eran ciertamente inadmisibles desde el punto de vista de la sociedad capitalista.