Dujardin de París fueron tomados todos directamente de los originales.
Apenas es necesario añadir que la mayoría de los dibujos aquí reproducidos en facsímil nunca antes habían sido publicados.
Como ahora, al término de una labor de varios años de duración, me encuentro en condiciones de examinar la tónica general de los escritos de Leonardo, tal vez me esté permitido añadir unas palabras sobre mi propia valoración de la importancia de su contenido.
Ya he demostrado que no se debe más que a una fortuita sucesión de desgraciadas circunstancias el que no hayamos conocido desde hace mucho tiempo a Leonardo, no solo como pintor, sino como autor, filósofo y naturalista.
No cabe duda de que, en más de un aspecto, sus principios y descubrimientos estaban infinitamente más de acuerdo con las enseñanzas de la ciencia moderna que con las opiniones de sus contemporáneos. Por esta razón, es mucho más probable que sus extraordinarias dotes y méritos sean apreciados en nuestra propia época de lo que pudieron serlo durante los siglos precedentes.
Se le ha acusado injustamente de haber malgastado sus facultades al iniciar una variedad de estudios para luego, apenas comenzados, abandonarlos. La verdad es que los esfuerzos de tres siglos apenas han bastado para el esclarecimiento de algunos de los problemas que ocuparon su poderosa mente.
Alexander von Humboldt ha dejado testimonio de que «fue el primero en iniciar el camino hacia el punto en que todas las impresiones de nuestros sentidos convergen en la idea de la Unidad de la Naturaleza». No, aún más puede decirse. Las mismas palabras que están inscritas en el monumento del propio Alexander von Humboldt, en Berlín, son tal vez