ocurrencia por parecerle poco importante o ajena al tema, u otra por parecerle absurda. Debe comportarse con total imparcialidad frente a sus ocurrencias; pues precisamente de esta crítica depende que de otro modo no logre hallar la solución buscada del sueño, la idea obsesiva o similares.
En los trabajos psicoanalíticos he advertido que la constitución psíquica del hombre que reflexiona es completamente distinta a la de aquel que observa sus propios procesos anímicos.
Al reflexionar entra en juego una acción psíquica mucho mayor que en la autoobservación más atenta, tal como lo demuestran también el gesto tenso y el entrecejo fruncido del pensador en contraste con la calma mímica del autoobservador.
En ambos casos debe darse una concentración de la atención, pero el que reflexiona ejerce además una crítica como resultado de la cual desecha una parte de las ocurrencias que le afloran, tras haberlas percibido, interrumpe brevemente otras —de modo que no sigue los caminos de pensamiento que estas abrirían— y, frente a ocurrencias aún distintas, sabe conducirse de tal manera que ni siquiera llegan a hacerse conscientes, es decir, son reprimidas antes de ser percibidas.
El autoobservador, en cambio, solo tiene el trabajo de suprimir la crítica; si logra esto, llega a su consciencia una innumerable cantidad de ocurrencias que de otro modo habrían permanecido inasequibles. Con la ayuda de este material, nuevamente ganado para la percepción de sí mismo, se deja realizar la interpretación de lo patológico