cortesía que practico todos los días es en buena parte un disfraz semejante; cuando interpreto mis sueños para el lector, me veo obligado a tales desfiguraciones. Del apremio a semejante desfiguración se queja también el poeta:
»Lo mejor que puedes saber, no se lo puedes decir a los muchachos.«
En análoga situación se encuentra el escritor político que tiene que decir a los gobernantes verdades desagradables. Si las dice sin ambages, el gobernante reprimirá su manifestación: a posteriori, tratándose de una expresión oral, o preventivamente, si ha de ser dada a conocer por la vía de la imprenta. El escritor ha de temer la censura, por lo que atenúa y deforma la expresión de su opinión. Según la fuerza y la sensibilidad de dicha censura, se ve obligado a atenerse únicamente a ciertas formas de ataque, a hablar mediante alusiones en vez de denominaciones directas, o debe ocultar su ofensivo mensaje tras un disfraz de apariencia inofensiva; por ejemplo, le está