Ejemplos de que un deseo suprimido de día se desahoga en el sueño se pueden demostrar con absoluta abundancia; aquí podría añadir uno de los más sencillos de esta índole. Una dama algo burlona, cuya amiga más joven se ha prometido, responde durante el día a las preguntas de sus conocidos sobre si conoce al novio y qué opina de él con alabanzas sin restricciones, imponiendo silencio a su juicio, pues le habría gustado decir la verdad: él
es una persona corriente. Por la noche sueña que se le dirige la misma pregunta, y responde con la fórmula: Para pedidos posteriores basta con indicar el número.
Por fin, que en todos los sueños que están sujetos a distorsión el deseo proviene del inconsciente y no pudo hacerse audible de día, lo hemos sabido como resultado de numerosos análisis.
Así, al principio todos los deseos parecen tener el mismo valor y la misma potencia para la formación de los sueños.
No puedo demostrar aquí que las cosas sean en realidad de otro modo, pero me inclino firmemente a suponer una condicionabilidad más estricta del deseo onírico. Los sueños infantiles no dejan ninguna duda de que un deseo no resolvido durante el día puede ser el inductor del sueño. Pero no hay que olvidar que se trata entonces del deseo de un niño, una moción de deseo dotada de la intensidad propia de lo infantil. Dudo mucho de que un deseo insatisfecho durante el día baste en un adulto para crear un sueño. Me parece más bien que, a medida que el pensamiento va dominando nuestra vida pulsional, renunciamos cada vez más —por considerarla inútil— a la formación o conservación de deseos tan intensos como los que el niño conoce.