injustificado que las personas se resistan a asumir la responsabilidad de la inmoralidad de sus sueños. Mediante la valoración del funcionamiento del aparato anímico y la comprensión de la relación entre lo consciente y lo inconsciente, lo éticamente ofensivo de nuestra vida onírica y fantástica suele desaparecer.
»Lo que el sueño nos ha manifestado acerca de las relaciones con el presente (la realidad), queremos buscarlo luego también en la conciencia y no debemos sorprendernos si entonces encontramos de nuevo, como un animal infusorio, al monstruo que habíamos visto bajo la lupa del análisis.« (H. Sachs.)
Para la necesidad práctica de juzgar el carácter humano, bastan por lo general el acto y la disposición de ánimo que se manifiesta conscientemente.
El acto, ante todo, merece ser colocado en primera línea, pues muchos impulsos llegados a la conciencia son anulados todavía por las fuerzas reales de la vida anímica antes de desembocar en el acto; es más, a menudo no encuentran ningún obstáculo psíquico en su camino porque el inconsciente tiene la seguridad de su impedimento por otra vía.
En cualquier caso, sigue siendo instructivo conocer el suelo tantas veces removido sobre el que se elevan orgullosas nuestras virtudes. La complicación de un carácter humano, dinámicamente agitada en todas direcciones, se presta raras veces a ser despachada mediante una simple alternativa, como quisiera nuestra envejecida doctrina moral.
¿Y el valor del sueño para el conocimiento del futuro?
Naturalmente, ni hablar de eso. Por muy jubilosamente que uno, en calidad de investigador modesto y sin prejuicios, acoja el empeño de incluir también los denostados fenómenos «ocultos» en el ámbito de la investigación científica,