afectiva. Precisamente debido a este desarrollo afectivo, estas representaciones tampoco son accesibles ahora desde los pensamientos preconscientes a los cuales han transferido su fuerza desiderativa. Más bien entra en vigor el principio de displacer y ocasiona que el Pcs se aparte de estos pensamientos de transferencia. Los mismos son abandonados a su suerte, «reprimidos», y así la existencia de un tesoro mnésico infantil, sustraído al Pcs desde el comienzo, se convierte en la condición previa de la represión.
En el más favorable de los casos, el desarrollo de displacer llega a su fin tan pronto como se retira la carga a la representación transferencial en el Prcc., y este éxito caracteriza la intervención del principio de displacer como oportuna. Pero las cosas son distintas cuando el deseo inconsciente reprimido experimenta un reforzamiento orgánico que puede prestar a sus representaciones transferenciales, capacitándolas de este sentido para intentar elDurchdringen [la penetración] con su excitación, aun cuando hayan sido abandonadas por la carga del Prcc. Se llega entonces a la lucha de defensa, en la medida en que el Prcc. refuerza la oposición frente a los pensamientos reprimidos, y por consecuencia ulterior, a la penetración de las representaciones transferenciales —que son portadoras del deseo inconsciente— en alguna forma de compromiso mediante la formación de síntoma. Pero a partir del momento en que las representaciones reprimidas son fuertemente cargadas por la excitación del deseo inconsciente, mientras que, por el contrario, son abandonadas por la carga preconsciente, quedan supeditadas al proceso psíquico primario, apuntan únicamente a la descarga motora o, si el camino está libre, a la animación alucinatoria de la identidad de percepción deseada. Ya habíamos hallado antes, empíricamente, que los procesos incorrectos descritos solo se desarrollan con pensamientos que se encuentran en la represión.