inmóvil. Intenté dormir. En el sueño me tomo una venganza terrible de mis desagradables compañeros de viaje; uno no se imaginaría qué insultos y humillaciones se ocultan tras los fragmentos inconexos de la primera mitad del sueño. Satisfecha esta necesidad, se impuso el segundo deseo: cambiar de compartimento. El sueño cambia de escena tan a menudo, y sin que se le ponga la más mínima objeción al cambio, que no habría resultado en absoluto llamativo que yo hubiera sustituido de inmediato a mis compañeros de viaje por otros más agradables extraídos de mi memoria. Pero aquí se da el caso de que algo objetó el cambio de escena y consideró necesario explicarlo. ¿Cómo había ido a parar de repente a otro compartimento? No podía recordar en absoluto haber hecho un trasbordo. Solo había una explicación: tenía que haber abandonado el vagón estando dormido, un suceso poco común, pero del que la experiencia del neuropatólogo aporta ejemplos. Sabemos de personas que emprenden viajes en tren en un estado crepuscular, sin delatar su estado anormal por ningún indicio, hasta que en alguna estación del viaje vuelven plenamente en sí y entonces se asombran del vacío en su memoria. Así pues, ya en el sueño explico el mío como un caso de «automatisme ambulatoire».
El análisis permite dar otra resolución. El intento de explicación, que me impresiona tanto de tener que atribuirlo a la labor del sueño, no es original, sino copiado de la neurosis de uno de mis pacientes. Ya hablé en otro lugar de un hombre muy culto y de blando corazón en la vida, quien poco después de la muerte de sus padres comenzó a acusarse de tendencias homicidas y sufría ahora por las precauciones que tenía que tomar para ponerse a salvo de