flor favorita es el tusílago y luego se pone en el ojal algo parecido a una hoja desgarrada, en realidad el esqueleto de una hoja arrugado. Yo me sobresalto, me sobresalto,19 pero al mismo tiempo me extraña esta reacción mía. Luego más confusamente: Como si fuera el aula magna, los accesos bloqueados, y hubiera que huir. Me abro paso a través de una serie de habitaciones elegantemente amuebladas, claramente despachos oficiales con muebles de un color entre marrón y violeta, y llego por fin a un pasillo en el que está sentada un ama de llaves, una mujer mayor y gruesa. Evito hablar con ella; pero es evidente que ella me considera con derecho a pasar por aquí, pues me pregunta si debe acompañarme con la lámpara. Le indico o le digo que se quede en la escalera, y al hacerlo me creo muy astuto por evitar el control al final. Así es como llego abajo y encuentro un camino estrecho y empinado por el que sigo.*
Nuevamente impreciso . . . . Como si ahora viniera la segunda tarea de salir de la ciudad, como antes de la casa. Voy en un carro de un caballo y le ordeno que me lleve a una estación. «No puedo ir con usted por las vías del tren», le digo, después de que él ha puesto una objeción, como si lo hubiera agotado. Al mismo tiempo es como si ya hubiera recorrido con él un trecho que por lo general se hace en tren. Las estaciones están ocupadas; Pienso si debo ir a Krems o a Znaim, pero considero que la corte estará allí y me decido por Graz o algo así. Ahora voy sentado en el vagón, que es parecido a uno del metropolitano, y llevo en el ojal
una cosa larga y de extraño trenzado, con violetas de color marrón violáceo hechas de tela rígida, lo que llama mucho la atención de la gente. Aquí se corta la escena.
- Estoy de nuevo ante la estación, pero en compañía de un señor mayor, invento un plan para pasar desapercibido, pero veo este plan ya también ejecutado. El pensar y el vivir son aquí por