he promovido el recuerdo del sueño.
Asimismo, el paciente puede, llegado a cierto punto del trabajo, acordarse de un sueño que ocurrió hace tres, cuatro o más días y que hasta entonces había permanecido en el olvido4.
La experiencia psicoanalítica nos ha proporcionado otra prueba de que el olvido de los sueños depende mucho más de la resistencia que de la extrañeza entre el estado de vigilia y el del sueño, como opinan los autores. Me ocurre a mí, al igual que a otros analistas y a los pacientes sometidos a un tratamiento de este tipo, no pocas veces, que al ser despertados del sueño por un sueño —como nos gustaría decir—, empezamos a interpretarlo inmediatamente estando en plena posesión de nuestra actividad mental. En tales casos, a menudo no he descansado hasta haber logrado la plena comprensión del sueño, y, sin embargo, podía suceder que, tras el despertar, hubiera olvidado la labor de interpretación de manera tan completa como el contenido del sueño, a pesar de saber que había soñado y que había interpretado el sueño. Con mucha mayor frecuencia, el sueño se había llevado consigo al olvido el resultado de la labor de interpretación, antes de que la actividad mental hubiera conseguido retener el sueño para la memoria. Entre esta labor de interpretación y el pensamiento en vigilia no existe, sin embargo, aquella sima psíquica mediante la cual los autores pretenden explicar exclusivamente el olvido de los sueños. – Si Morton Prince objeta a mi explicación del olvido de los sueños que no se trata más que de un caso especial de amnesia para estados anímicos disociados (dissociated states), y que la imposibilidad de trasladar mi explicación de esta amnesia especial a otros tipos de amnesia la hace carecer de